El origen de la inteligencia

J. Lejeune

Universidad Católica de Córdoba facultad de medicina departamento de postgrado, Cátedra de clínica pediátrica, Ciclo de Conferencias en Córdoba por el Profesor jérôme Lejeune, Agosto de 1986. Conferencia del Profesor Jerome Lejeune en la Facultad de Medicina de la Universidad Católica de Córdoba, el día 15 de Agosto de 1986.


Sommaire

"El pensamiento, decía Sócrates al joven Téeteto. es un discurso que el alma sostiene consigo misma sobre los objetos que ella examina". Definición que no ha sido superada, pero que deja en penumbras el hecho más curioso: que dicho discurso pueda tener alguna relación con el mundo y nos lo haga inteligible, cosa de Ja cual se sorprendía Einstein.

La cuestión se complica por el hecho de que el sentido común, que tan generosamente compartía Descartes, no está tan bien distribuído como lo esperaba el filósofo. Los mensuradores de la inteligencia no han tardado en demostrarnos que ciertos individuos poseen la mente más despierta y el razonamiento más seguro.

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La inteligencia y lo social

Mucho se discute en la actualidad para saber si la inteligencia es un don natural o si es la sociedad quien la crea. Dos escuelas se enfrentan: una sostiene que como la estructura cerebral queda fijada desde su construcción, nada puede agregársele: la otra afirma que el aprendizaje y los medios de la educación establecen toda la diferencia. Unos son ingenieros, que calculan a priori los rendimientos de la máquina, que miden por el Q.l. (o cociente intelectual): los otros son instructores que aseguran que el piloto es más importante que la máquina.

Así planteada, la discusión puede durar indefinidamente, sabiendo cada uno que tiene razón -lo cual es muy posible- pero pretendiendo que el otro está errado -lo cual no podría admitirse. Lejos de contradecirse, las dos tesis se completan, expresando tanto una como la otra una parte de verdad.

La historia del pensamiento muestra que el conocimiento nos viene por acumulación. Las hipótesis científicas se suceden unas a otras; cada una tiene su utilidad, y cuando ha dado sus frutos más accesibles, otra la suplanta, más general y más aguda. Verdadero cohete espacial que despide en el transcurso del vuelo las secciones vaciadas de su combustible, el conocimiento toma vuelo hacia un objetivo bien determinado: una visión más amplia del mundo.

Este proceso indefinidamente repetido es cooperativo: la experiencia de una generación sirve de plataforma a la otra. Si la sociedad entera no asegurara este relevo la nave no se elevaría, y partiría cada vez de cero. El hecho de que nuestros predecesores nos transmitan prejuicios, según lo temía Einstein, no tiene importancia, pues esos prejuicios, limados por el uso, confrontados día a día con la realidad, se hallan muy próximos de un juicio en vías de elaboración. El tamiz es simplemente la razón, ese medio de desechar lo fortuito para conservar sólo lo deductible.

La evolución del niño sigue el mismo proceso; desvalido, dependiente, vulnerable desde el momento en que nace, debe ser guiado para aprender a sentir, ejercitarse en el habla para expresar finalmente su razón y tratar, mucho más tarde, de manejar el uso de la misma. "La educación es todo", dicen los instructores, "los vicios de las sociedades fabrican las diferencias". Basta comprobar los temibles estragos que pueden resultar de una privación sensorial, de una carencia de educación o de una falta de afecto para medir la importancia de la formación del niño. Los padres, los educadores y la sociedad entera son tomadores de mentes aue enseñan a cada uno el empleo de su herramienta intelectual. Este arte de conducir es el más noble de todos y con toda justicia las naciones civilizadas hacen de él un derecho del niño y un deber de la sociedad. Al permitir que cada uno exprese sus disposiciones personales, la verdadera educación es revelación progresiva. Es eso ni más ni menos lo que hacía Sócrates.

Partiendo do esto, algunos sostienen que los hombres nacen iguales, y que es la sociedad la que deforma. La idea de que puedan existir diferencias innatas es considerada intolerable: los menos dotados, si existieran, podrían ser sojuzgados por los otros. Para exorcizar tal peligro, se sostiene que la diversidad que so observa es una pura ilusión producida por los instrumentos de medida. Las baterías de tests o cualquier otra prueba no son sino medios de opresión. Esta reacción exagerada proviene de un sentimiento muy encomiable en principio: se quiere evitar que los más poderosos aplasten a los más débiles. Pero esto Significa olvidar sin embargo que el grado de civilización se mide justamente por la protección que el cuerpo social ejerce sobre los más desfavorecidos. Primero es necesario, reconocerlos para luego protegerlos.

Por lo tanto, para esclarecer la discusión, es preciso establecer dos cosas. En primer iugar, si la razón es patrimonio de todo hombre y si su uso es innato. En segundo lugar, habrá que buscar lo que puede perturbar este uso y ver si estas deficiencias también son innatas.

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La historia de las matematicas

El ejemplo de las matemáticas resulta aquí muy esclarecedor, puesto que conocemos su historia y que esta actividad del espíritu sigue muy de cerca las reglas de la razón.

Según los manuales, la geometría fue inventada en Egipto. Antes de la construcción de la represa de Asuán, todos los años una inundación cubría el valle del Nilo, y dejaba, luego que las aguas se retiraban, una superficie lisa. ¡Nada más natural entonces, en ese plano casi perfecto, que sembrar algunas pirámides!

Fue así, según nos dicen, como la geometría llegó a los hombres, juntamente con la necesidad de señalar los campos cuyos límites se habían borrado con la creciente.

Permítaseme ponerlo en duda. No porque el mérito de los antiguos egipcios sea cuestionado, sino porque es posible que la aventura haya tenido otro origen; las historias verdaderas no siempre son las que se nos enseñan.

Los enamorados, como sabemos, pasan largas horas, demasiado cortas sin embargo, mirándose a los ojos. Y esto es tan cierto que la abertura del iris, esa ventana, redonda que abrimos sobre el universo, lleva el mismo nombre en todas las lenguas humanas. Decimos: la pupila, del latín pupilla, pequeña niña. Los griegos decían choree que significa jovencita. En español se dice la niña del ojo, insen el ein en árabe, o mardomak en irakí. En Ceilán es Ahé Baba, en Japón Hito me: siempre la niñita, e! pequeño ser que vive en el ojo. Tal coincidencia no se debe en nada al azar sino a la observación. Al contemplar muy de cerca al ser amado, el enamorado ve su propia imagen reflejada sobre la faz anterior del cristalino, y esa pequeña muñeca es tanto más luminosa cuanto que se destaca sobre el fondo negro de la pupila: el amor hace ver en el ojo un niño. Por otra parte no es dudoso que esta interesante propiedad óptica de las superficies esféricas haya sido descubierta por las mujeres -de allí la expresión niñita y no niñito.

Pero descubramos la geometría.

Es preciso que aceptemos un nuevo postulado. Un día, un enamorado, dotado de mente, matemática, entró en contemplación. Estas cosas suceden a veces. Al observar en detalle los ojos de la amada, descubrió la única superficie en el mundo que da la idea de un plano.

El ojo está constituido por la intersección de dos esferas; una de radio pequeño, la córnea transparente, encastrada en otra de radio mucho más grande, el globo ocular. La intersección de dos esferas es un círculo y sobre este círculo se encuentran insertas las fibras radiales del dilatador del iris, aproximadas y tensas hacia el centro por el músculo orbicular que cierra el diafragma cuando la luz es demasiado intensa. Así encerrada, la pupila es como un centro desde donde divergen mil radios. Un ingeniero hubiera inventado la rueda, pero estamos hablando de un matemático.

El se dio cuenta de pronto que esa tensión de las fibras las obligaba a recorrer el camino más corto entre todo punto de la superficie. ¡Actualmente, algunos teóricos definirían el plano por el cálculo tensorial! Toda la teoría de Euclides en un abrir y cerrar de ojos, siempre y cuando se haga con admiración, cosa que sería de gran consuelo para algunas escolares en dificultades si se les enseñara la historia natural de la matemática.

Algunos milenios más tarde, Descartes tuvo la "visión admirable" de un plano, definido por dos rectas ortogonales, y de las cuales cada punto se reconoce por la posición que ocupa, como sobre la casilla de un tablero de ajedrez. Cada uno de nosotros puede recrearse ese espectáculo de donde surgió la geometría analítica. En una habitación débilmente iluminada, una presión de los dedos sobre los párpados cerrados produce sensaciones luminosas. Al variar delicadamente la presión, so hace aparecer bruscamente un cuadriculado muy fino de cuadros alternados, dorado brillante y púrpura oscuro, que ocupa todo el campo visual. Las coordenadas cartesianas estaban impresas desde siempre en el cableado de las células nerviosas que revisten la retina. Sólo era preciso, para discernirlas completamente, que un filósofo que dudaba se frotara los ojos ante su estufa, para ver si había visto bien.

Al pasar de Euclides a Descartes hemos progresado del objetivo hacia la placa sensible, siguiendo el trayecto luminoso. Podemos ir más allá, internamos en la red nerviosa siguiendo las vías ópticas para alcanzar, hacia el occipucio, en la zona calcarina, el centro oscuro que ve. Desde el quiasma de los nervios ópticos, encontramos una biyección. Las fibras que provienen de la mitad temporal de la retina se dirigen hacia el mismo lado del cerebro. Aquéllas que vienen de la zona nasal van hacia el otro hemisferio. Un meridiano perfecto define la separación. Al pasar por los relevos de los cuerpos geniculados externos para llegar al terminal, la pantalla de control que se proyecta sobre los labios de la cisura calcarina, encontramos conjuntos, sub-conjuntos, anillos, ideales, enrejados, espacios fibrados, sistemas isomorfos, en fin todo el arsenal de los algebristas modernos que se dan cuenta progresivamente de la manera como estamos hechos. ¡El desarrollo de las ciencias geométricas ha seguido el mismo camino que las impresiones luminosas!

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El homúnculo cerebral

Describir la inmensa red que sustenta nuestro pensamiento está completamente fuera de todo alcance. Sin embargo, ya sabemos que todas las propiedades de nuestro cuerpo, y no sólo la visión, se encuentran registradas en la corteza cerebral. Aristóteles lo descubrió. La bolita de pan que hacía rodar sobre la mesa, Se pareció que de pronto se volvía doble cuando cruzó el medio por encima del índice. Esta experiencia desconcertante (se sienten dos bolitas aún cuando se sabe que es una sola) se explica por e! hecho de que todo nuestro cuerpo está representado sobre los dos bordes de la cisura de Rolando (más o menos en la región que recubre la vincha con la que tas chicas sujetan sus cabellos).

Al proyectarse la mitad derecha del cuerpo en el hemisferio izquierdo y recíprocamente, el medio-homúnculo se halla como acostado sobre la parietal ascendente, con los pies colgando en el surco inter-hemisférico, y con la cabeza hacia abajo. Por otra parte, esta última está separada del cuerpo, como sostenido por la punta de los dedos, con la frenta vuelta hacia arriba y la boca hacia abajo.

El homúnculo neurológico. especie de San Dionisio después de la decapitación, no tiene la cabeza entre los dos hombros. Esta disposición bastante desconcertante es en realidad la única solución al problema topológico de proyectar con el menor gasto posible sobre una superficie plana, una esfera que tiene por mango un cilindro (la cabeza puesta sobre el cuello).

Cada punto de nuestro cuerpo se encuentra así representado en buen orden. También lo están los dedos, uno por uno; el pulgar hacia abajo, el quinto hacia arriba, y los otros en el intervalo. Cuando se hace rodar la bolita entre los dedos cruzados, la misma toca alternativamente el borde del índice que mira el pulgar y el del medio que mira el meñique. En la representación cerebral, estas dos zonas están separadas por todo el ancho de los dos dedos; cruzarlos, como hizo Aristótales, no cambia en modo alguno su proyección en el cerebro que se niega con todo derecho a admitir que una bolita pueda pasar a través de dos dedos.

Si hubiéramos examinado el órgano del equilibrio que se halla en el oído interno habríamos comprobado que los tres canales semi-circulares definen los tres pianos que cierran nuestro espacio. Más aún, los pequeños cristales que flotan en el líquido que llena dichos canales, nos habrían enseñado la inercia. Al desplazarse con cierto retraso con respecto a los movimientos, los cristales impresionan cillas que nos informan de este hecho. Fue así como Newton, al levantar la cabeza para ver de dónde caía la manzana, sintió esta inercia que le revelaba a la vez la atracción y la gravedad.

Muy cerca de allí (desde el punto de vista neurológico), Galileo buscaba la ley de la caída de los cuerpos. Descubrió la acelaración al marcar con tiza, sobre la corredera de una tabla inclinada, las posiciones sucesivas que ocupaba una bolita con los acordes de una canción que él tarareaba.

El mérito de Einstein consistió en ligar entre sí, como por otra parte lo hace la anatomía, el nervio vestibular que nos enseña a la vez: el espacio y el equilibrio, con el nervio coclear que nos aporta la música y, con ella, el tiempo. De allí su nueva perspectiva de cuatro dimensiones, una de tiempo por tres de espacio.

Queda por descubrir la razón.

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Los mecanismos racionales

Aquí, lo mejor sería recurrir al artefacto, a la materia elaborada, que es la marca del hombre.

Cuando Pascal descubrió que por el juego de ruedas dentadas y de barras, podía simular el cálculo aritmético, demostró al mismo tiempo que es posible insertar lo lógico en lo inanimado. Las computadoras actuales son mucho más refinadas, y utilizan un gran número de propiedades diferentes de la materia y de la energía, desde la deflexión de rayos hasta la migración de una bola magnética, sin olvidar los impulsos laser o los semiconductores de los microcircuitos impresos.

Pero, como la de Pascal, todas tas máquinas, todos los artefactos cumplen con tres exigencias primarias: una red preestablecida, lógica por construcción; una transmisión a distancia, clara y sin difusión; finalmente una respuesta franca de cada componente, con toda exactitud: sí o no.

Las puertas que utilizan los informaticos para simular los encadenamientos lógicos, se parecen mucho a las de Musset (Autor de la pieza tentral "Es preciso que una puerta esté abierta o cerrada"): es preciso que una puerta esté abierta o cerrada, y ya tenemos la lógica binaria. Si la puerta está entreabierta, si un diente de! engranaje no engrana, se arruina toda la argumentación.

La conciencia clara, la idea única de la que habla Fourastié tiene su equivalente en lógica aplicada. No debe confundirse un circuito con otro, es absolutamente necesario respetar el único principio de lo lógico: la prohibición de ser a la vez tal cosa y de no serlo.

Pretender que las máquinas son un modelo del pensamiento sería pensar maquinalmente; pero darse cuenta de que las mismas satisfacen las exigencias de la razón puede permitir captar ciertas analogías. Nuestro cerebro aventaja, y en gran medida por el momento, las máquinas más perfeccionadas. Once mil millones de neuronas, ligadas entre sí por aproximadamente once millones de millones de conexiones, es una cifra astronómica. Nos damos cuenta de esto al estimar la longitud del cableado que subtiende este conjunto. Desenredando las pequeñas fibras que se ven en el microscopio, y uniéndolas por sus extremos, se podría ir de aquí a Tokio. Pero si tomamos en cuenta los haces de neurotúbulos que, para algunos, constituirían el cableado elemental, se podría ir de aquí a la Luna.

En el centro mismo de este sistema, a nivel de las uniones que permiten que el influjo nervioso pase de una célula a la siguiente, se encuentra la paradoja de la teo.ría de la información, que se reúne a la termodinámica. Para remontar el curso inexorable de la entropía, Maxwell había imaginado que un ingenioso demonio, accionando una puertecilla, podría extraer partículas. Dejando pasar a un lado las de un cierto tipo y cerrando el paso a las otras, conseguiría superar los elementos de una mezcla estadística, y así poner en orden el caos. Esto significa dominar la energía tomando la materia en su más pequeño exponente u obtener información, como Shannon lo demostró más tarde.

Nuestras sinapsis utilizan la misma estratagema. La membrana de la célula receptora está perforada de pequeñísimos agujeritos que dejan pasar una por una las partículas positivas. Estos minúsculos pasos aceptan el ion sodio pero rechazan el potasio; ambos tienen la misma carga positiva pero no el mismo tamaño. Nuestra red para detectar el orden, lo propio de la razón, es un contador de partículas de una increíble velocidad.

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La encarnación de la inteligencia

Pero lo más maravilloso de todo, es que las instrucciones necesarias y suficientes para elaborar esta red admirable pueden encontrarse reducidas a su más simple expresión en la célula minúscula que es un huevo fecundado.

Los diez mil millones de unidades de información que contiene el A.D.N., unidos a la enorme masa informativa esparcida en toda la célula, no sólo van a dictar los planos de la máquina cerebral sino a poner en acción, toda una serie de máquinas destinadas a construir las máquinas necesarias para su elaboración. Dejadlo vivir, y él pensará, ése es el destino de los hombres.

Mi amigo Jean de Grouchy expuso recientemente ante vuestra Academia cómo llevan los cromosomas esta información contenida en el A.D.N. Sus "trabajos personales, los de mi amigo Bernard Dutrillaux y de algunos otros investigadores han revelado cómo se puede descifrar actualmente la estructura interna de los cromosomas, estudiar sus transformaciones comparando una especie con otra y reconstituir paso a paso los progresos de la evolución. El lenguaje genético, desde el A.D.N. a las proteínas y desde las enzimas a las estructuras figuradas, es común a todos los seres vivos. La palabras empleadas son siempre las mismas, con diferencia de algunas variantes. Capítulos enteros persisten casi intactos durante cientos de milenios pero el plan de la obra es propio de cada especie.

La lógica neurológica es también común y general; pero su puesta en aplicación, estrictamente dictado por el programa genético, difiere de una especie a otra. La pertenencia de un individuo se reconoce tanto por el análisis de sus cromosomas como por la disección de sus hemisferios cerebrales. Cada especie refina tal montaje particular, une diferentemente tal circuito a tal otro. El gato que acecha al ratón y calcula su impulso con exactitud, utiliza circuitos tan cartesianos como los nuestros, y magistralmente razonados. La lógica es universal, pero el gato lo ignora.

La genética aborda aquí un extraño misterio.

Sabemos, más allá de toda posible duda, que nuestro patrimonio hereditario confiere a nuestro cerebro una organización superior a la de los animales. Pero, entre todas, esas construcciones, tan racionales unas como las otras, no sabemos cómo una última disposición de la materia determina que, finalmente, el espíritu no pueda estar ausente, como lo decía San Agustín.

Aquí se revela la diferencia fundamental entre la impecable simulación que se puede obtener de las máquinas, y la ductilidad a veces demasiado grande que posee nuestra mente. Hablando con propiedad, las computadoras son inteligencia desencarnada; es por eso que su poder puede a veces causar pavor. A la inversa, todo hombre es una encarnación de la inteligencia, lo que hace que cada uno de ellos sea tan valioso.

Cabe agregar que la transmisión cerebral recurre a procedimientos que ningún modelo mecánico puede simular todavía.

Para activar la membrana receptora que va a absorber ciertos iones, es necesario que la célula excitadora emita una sustancia química que se llama mediador. Este mediador químico es como una llave de seguridad que se adapta exclusivamente a un solo tipo de cerradura. La membrana está constituida de tal modo que reconoce, por así decirlo, la posición y la carga eléctrica de cada uno de los átomos que componen la llave. Esta señalización molecular tiene numerosas consecuencias que descubrimos cada día.

En primer lugar resulta que las neuronas que pertenecen a un mismo conjunto utilizan la misma llave. Sería muy posible que cada una de las grandes funciones de la mente emplee su propio lenguaje.

Si leemos tan bien el pensamiento en la mirada, es porque las reacciones del iris siguen muy de cerca el paso de un circuito al otro, operado por aquél que nos está hablando. La simpatía agranda la pupila, el circuito adrenérgico descubre. El cuestionamiento la contrae, el circuito colinérgico analiza. Cada paso de uno al otro cambia la expresión de la mirada; los ojos son realmente el espejo del alma.

Esta autonomía de lenguaje permite intrincar los circuitos de manera mucho más eficaz de lo que podrían hacerlo las más complicadas redes. Naturalmente, ciertas conexiones son bilingües o trilingües, para permitir que los especialistas, doctrinario, memorialista, poeta, músico, realista, hablen entre ellos. Si uno de los especialistas divaga o escapa al control, todos los delirios son posibles. Las mentes mejor dotadas pasan fácilmente de un registro a otro, consultándolos, confrontándolos y manejándolos al mismo tiempo.

Sin embargo, esta plasticidad es vulnerable. Por une parte, falsas llaves, venenos, pueden bloquear fas membranas y paralizar las sinapsis. Por otra, la confección incesante de llaves, su provisión en el momento oportuno y en cantidad apropiada, imponen una serie de engranajes bioquimicos de una extrema complejidad.

Estas dos dificultades hacen temer que defectos innatos puedan hacer menos segura la expresión de la inteligencia.

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La vía dolorosa

Toda la patología mental, ya sea innata o adquirida, es como una enciclopedia de las desdichas de la inteligencia. Es siguiendo paso a paso esta vía dolorosa como la medicina llega a comprender.

La comprobación más evidente podría ser que falta una parte de la red (tal el caso de la arincencefalia de la trisomía 13 o de la agenesia del cuerpo calloso de la trisomía 18). En la misma categoría se ubican las afecciones secundarias, ya sea que la red esté parcialmente destruida por una infección, una hemorragia o progresivamente laminada por la presión hidráulica de una hidrocefalia.

Un segundo tipo de accidente es una anomalía de las envolturas aislantes que impiden normalmente los cortocircuitos o las difusiones parásitas. Numerosas enfermedades genéticas perturban el montaje y el desmontaje de las sustancias necesarias.

Finalmente, una red bien construida puede verse impedida de alcanzar su plena potencia si cada componente no responde con la prontitud requerida.

El tiempo tiene mucho que ver. Cada uno se da cuenta por experiencia que no puede razonar a rienda suelta; para seguir exactamente cada punto de una demostración, no hay que ir demasiado rápido. Pero lo más decepcionante es que tampoco podemos ir demasiado lentamente: cuando se va con demasiada lentitud. un pensamiento diferente atraviesa el campo de la conciencia, y se pierde, como se dice comúnmente, el hilo de las ideas.

La temperatura central también debe ser exactamente controlada: a menos de 30 grados, la mente se adormece por completo; más allá de 38 ó 39, la febrilidad se apodera de ella, y se produce un desfile de ideas incomprensibles.

La intoxicación también interviene. Después de uno o dos vasos de vino, el mejor aritmético debe renunciar a todo cálculo. En cuanto deja que se disipen los vapores del alcohol, vuelve a estar tan alerta como antes.

En los casos de debilidad de la inteligencia, estas dificultades en la marcha del razonamiento se traducen en la lentitud de la elocución y la viscosidad de la ideación. Para utilizar al máximo su potencia insuficiente, el paciente desconecta entonces los circuitos menos necesarios. Permanece con la boca abierta, deja salir su lengua, al no poder controlar todo a la vez. El artista mejor dotado hace lo mismo, boquiabierto de admiración ante algo bello o sacando la lengua ante el rasgo más delicado.

La pertinencia del razonamiento, la profundidad de la reflexión dependen finalmente del trayecto seguido durante el tiempo disponible. Este incesante recorrido de nuestro mundo interior provoca una extraordinaria cascada de modificaciones físicas, químicas y estructurales, constantemente desencadenada, mantenida y dirigida. Mil transtornos, aparentemente muy alejados del proceso intelectivo, pueden romper esta armonía.

Los rendimientos de un auto no dependen únicamente de la potencia del motor. Basta con que se bajen ¡os vidrios, o que se inflen insuficientemente los neumáticos o que se torne incómoda la posición del conductor, para que el resultado se resienta. Si nuestra inteligencia es realmente, como todo nos lleva a creerlo, el rendimiento superior de la materia animada, no es sorprendente que el menor tropiezo disminuya su rendimiento.

Finalmente, la genética y la patología de las aptitudes mentales nos aportan dos certezas. Primero, la inteligencia es realmente patrimonio de los hombres. Es necesario y suficiente que el patrimonio genético sea el de nuestra especie para que el ser por venir sea, por naturaleza, inteligente; ésa es nuestra cualidad común. Pero el prototipo ideal no se realiza jamás completamente. Por herencia o por accidente, cada uno de nosotros sufre de alguna carencia o do algún exceso; ésa es nuestra imperfección personal.

Volviendo a las dos escuelas que se enfrentan actualmente, su disputa no es nueva; tampoco su intolerancia. Discutir sólo sobre la inteligencia falsea el juicio, pues es olvidar esa otra realidad que sienten los poetas y que alcanzan de tanto en tanto los enamorados y los místicos. Si no somos máquinas, ni tampoco animales, es con toda certeza a esa preocupación por el' otro, a ese respeto por el que es diferente, en una palabra al amor por el semejante, que lo debe nuestra especie.

Negar los defectos de cada uno para uniformizar a los seres humanos sería taparse los ojos. Pero aceptar que los más favorecidos opriman a los desheredados, sería verdaderamente inhumano. Queda por compensar incansablemente nuestras imperfecciones de origen; la educación, la medicina y toda la actividad de un cuerpo verdaderamente social sólo se ordenan a eso.

Algunos zanjan la cuestión de otra manera; abogando por el futuro, cuestionan el presente. Para mejorar las razas futuras, pretenden eliminar a aquéllos que estorban o que no son productivos. La supresión o la represión de los sujetos no adecuados o de los no conformistas mejora quizá ciertas estadísticas pero destruye el alma de los hombres. La razón también puede dejarse llevar por la pasión y es el corazón el que la hace razonar; no se los puede separar, pues el pensamiento mismo no lo resistiría.