Las manipulaciones genéticas

Jérôme LEJEUNE

Palabra 175, III, 1980


Sommaire

En todo tiempo, el hombre ha intentado superar los resultados que ha ido consiguiendo en el sucesivo progreso de las generaciones. Para convencerse de ello basta con observar el interés que todos los pueblos han manifestado siempre por la máxima exactitud en la confección de los cuadros genealógicos.

El hombre ha utilizado los medios que la naturaleza ha puesto a su alcance, incluso en tiempos muy recientes, con la esperanza o con el deseo de engendrar individuos de élite, sólo ha empleado procedimientos extremadamente simples. Ya Platón había teorizado que en su República solamente los individuos particularmente bellos y dotados deberían reproducirse. Los nazis propusieron teorías semejantes, seleccionando reproductores según unos conceptos simplistas.

Para dar una idea que facilite la com-prensión de la dificultad del método, me serviré de una anécdota. La famosa danzarina Isadora Duncan, admirada por su belleza, aunque no tanto por su su-tileza de espíritu, conversando un día con Bernard Shaw quedó hasta tal punto subyugada que (e propuso: "Maestro, nosotros deberíamos tener un hijo, porque tendrá vuestro espíritu y yo le daré mi belleza". Bernard Shaw, después de reflexionar un instante, le respondió: "Si madame; pero ¿y si ocurriese lo contrario?".

La intervención del hombre sobre las manifestaciones de la vida ha aumentado de manera notable en un reciente pasado, en todas sus posibilidades. Desde el pa-leolítico hasta nuestros días, domesti-cando a los animales y seleccionando las plantas, el hombre ha hecho ciencia genética respetando los fenómenos naturales.

Sólo desde un tiempo muy reciente el mayor conocimiento del modo de trans-misión de la vida ha roto este equilibrio con la introducción de técnicas que los procesos naturales no podían llevar a cabo.

Por poner solamente algún ejemplo, la utilización a gran escala de la inse-minación artificial en animales de granja ha permitido superar barreras geográficas y comportamientos sexuales que de otro modo habrían sido insuperables. Del mismo modo, la manipulación genética de las bacterias ha permitido recientemente modificar a voluntad algunos carácteres ge-néticos, y crear matrices que ninguna selección natural o artificial habría permitido producir.

Un aumento tan explosivo de nuestros conocimientos puede convertirse en un formidable peligro, puesto que las mani-pulaciones genéticas parecen ahora aplicables también al hombre.

Esta brutal ruptura de un equilibrio mi-lenario entre el ser pensante y la natura-leza viviente da origen a una profunda angustia. ¿Posee nuestra generación la sa-biduría suficiente para emplear con pru-dencia una biología desnaturalizada?

Sin detenernos demasiado en los meca-nismos moleculares de transmisión de la vida, y sin entrar en los detalles de las técnicas de laboratorio es posible exami-nar rápidamente las aplicaciones previsi-bles de los métodos de que actualmente disponemos.

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Modificaciones genéticas en las bacterias

Conocemos que la información genética se transmite por una molécula específica: el DNA. El orden en que las bases purínicas y pirimidínicas están dispuestas en esta larga molécula determina un código genético concreto. Algo así como lo que ocurre con una cinta magnetofónica, en la cual hay grabada una sinfonía completa: los cromosomas contenidos en el DNA y situados en el núcleo de cada célula son los portadores de la información genética.

De la misma manera que, al poner en marcha un magnetofón, éste nos trans-mite exactamente la música registrada en la cinta, el material genético contenido en un núcleo celular dicta a la célula y a sus descendientes un comportamiento particular.

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La escisión del DNA

En organismos rudimentarios como las bacterias, la molécula de DNA puede ser modificada con relativa facilidad. Desde hace años se conocen enzimas capaces de romper la molécula en puntos exactamen-te determinados; es posible de esta forma preparar partes separadas que pueden ser insertadas con extrema precisión entre los trozos obtenidos al romper la molécu-la. De esta forma se puede extraer un segmento de DNA de un organismo cual-quiera e insertarlo en el patrimonio gené-tico de una bacteria. Todavía dejan mucho que desear la precisión y la eficacia, pero el principio es ya algo indiscutiblemente admitido.

Tales fenómenos son completamente diferentes de las mutaciones ordinarias.

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Las mutaciones provocadas

Desde hace mucho tiempo sabíamos que las radiaciones atómicas, o ciertas sustancias químicas altamente reactivas, como los "radicales libres", podían modi-ficar localmente la molécula de DNA, produciendo un cambio fácil de localizar, como si se tratara de una errata debida a la inadvertencia del tipógrafo.

Estas mutaciones, estables y transmisi-bles desde el primer momento, eran absolutamente imprevisibles. La irradiación incidía en cualquier lugar, y no se podía prever cuál de los genes iba a ser afectado, ni en qué sentido iba a ser modificado. De ahí la necesidad de estar aten-tos a los resultados, negativos en la ma-yoría de los casos, y de seleccionar en su caso las modificaciones interesantes que, por suerte, se hubieran producido.

En todo caso, esas mutaciones pro-vocadas sólo podían modificar a ciegas un gen preexistente; nunca podían insertar uno nuevo.

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Las mutaciones controladas

La inserción de nuevos genes es posi-ble en las bacterias utilizando como vehículo un virus, un bacteiófago que transfiere un fragmento extraño al interior del l cuerpo bacteriano. Conjugando las dos técnicas -la de la ruptura del DNA y la de la introducción por medio de un agente vector-, se podrían llegar a producir monstruosidades, y podrían obtenerse bacterias que contendrían un gen de origen humano.

A priora podría proponerse la fabricación por ese sistema de ciertos productos útiles, cuya síntesis es extremadamente delicada (polipéptidos hormonales, medicamentos diversos, etc.), transformando cultivos bacterianos en fuentes de producción poco costosas y fantásticamente especializadas.

Dado que, no obstante, la incertidumbre de las manipulaciones hace temer la aparición de agentes patógenos ahora desconocidos y resistentes a cualquier antídoto, y que, además, modificaciones imprevistas podrían convertir en cancerígenos agentes hasta ahora benignos, la Academia de las Ciencias de Washington ha propuesto un aplazamiento de estos experimentos, mientras sus consecuencias sean todavía mal conocidas.

Tanta prudencia podrá parecer quizá exagerada. Para algunos será un recuerdo de aquellos antiguos temores que imaginaban a los viajeros asfixiados por la ve-locidad de los trenes, o de aquella suposición que preveía un aumento de las roturas de tobillo como consecuencia de la construcción de las aceras; cuestiones que fueron debatidas en otros tiempos en doctas Academias.

Mas esta precaución es una sabia me-dida para prevenir riesgos, muy poco probables, es cierto, pero que no se pueden excluir a príori.

Resulta extraño que esta prudencia se tenga menos en cuenta cuando se trata de llevar a cabo las nuevas manipulaciones en el hombre. Es igualmente chocante que en los escritos de los mismos científicos se considere con temor las modificaciones de tas bacterias, mientras encontramos las más variadas proposiciones de intervención en los seres humanos.

Esta contradicción es quizá el riesgo más grave de una falta de criterio por parte de los científicos.

Si se predica la cautela en los experimentos sobre bacterias, y por otra parte se consideran con ligereza las manipulaciones más atrevidas sobre el embrión humano, esto significa que el respeto hacia los semejantes se va oscureciendo en las sociedades "avanzadas", en las que sólo se toman en consideración las posibilidades que ofrece la técnica.

Nos damos cuenta de que estamos caminando hacia la construcción de una ciencia, como hacia un "tipo de moral", rígidamente empírica, basada en la probabilidad de que una acción mala constituya un peligro para quien la lleva a cabo y no para quien la padece.

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Manipulación de los genes en el hombre

Aplicar a nuestra especie los éxitos obtenidos con las bacterias es una extra-polación atrevida, que gusta especialmente a los sensacionalistas.

A priori, sería muy de desear la sustitución de un gen defectuoso. Se podría realizar o bien insertando, en lugar del gen anormal, un segmento de DNA del tamaño adecuado y portador de la información genética que se desee, o bien infectando la célula con un virus portador de un factor gonóticu útil, cnpaz de crecer sin causar daños,

El interés de estas manipulaciones es evidente.

En un gran número de afecciones genéticas, el enfermo es incapaz de reaccionar con reacciones químicas particulares, y toda la técnica de sustitución muestra que cuando una reacción así se puede poner en movimiento, el enfermo "sana". Es el clásico fundamento de la curación de la diabetes mediante insulina.

Sean cuales sean las declaraciones sensacionalistas de la prensa, la terapéutica por medio de la inclusión del gen está fuera de nuestro alcance, y lo seguirá estando durante un tiempo todavía imprevisible.

Sin querer profetizar, pues todo el mundo sabe la rapidez con que se desarrollan las concepciones de la ciencia, podemos decir que los peligros de la biología desnaturalizada no provienen hoy día de estos métodos, al menos en lo que a nuestra especie se refiere.

Otras son (as manipulaciones que hemos de considerar con extrema prudencia, no fundamentadas en elementos del código genético, sino en sistemas ya más complejos: ante todo, las de las células productoras, después las del embrión y el feto, y por último las del adulto mismo.

Existen riesgos muy reales -puesto que están ya codificados los métodos- que deben discutirse.

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Acciones sobre las células reproductoras

Es relativamente fácil manipular tas células masculinas, los espermatozoides, que están perfectamente equipados para sobrevivir fuera de su tejido de formación y son capaces de soportar y de efectuar, por sí solas, el inmenso y peligroso viaje desde la cavidad vaginal "hasta la bolsa de la trompa de Falopio, al final del cual están en condiciones de ponerse en contacto con el óvulo fecundado.

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El frió intenso

Sometiéndolos al frío intenso (a unos 180° bajo cero en hidrógeno líquido) es posible conservar los espermatozoides durante más de diez años. Teóricamente. si la conservación se lleva a cabo lo más cerca posible del cero absoluto, debería ser casi indefinida.

A un frío de esa intensidad corresponde una detención de todas las actividades químicas, y las células quedan así fijas en una especie de suspensión de su duración fisiológica. Si se ha tenido cuidado de hacer descender la temperatura progresivamente y de poner al espermatozoide (o a cualquier otro tipo de célula) en un ambiente adecuado, que permita a las moléculas solidificarse como un "cristal" y no como un puñado de cristales, su estructura íntima quedará enteramente preservada.

Después de un calentamiento, las células se reactivan y los espermatozoides recuperan su movilidad y su poder fecundante.

Así se hacen posible ulteriores utilizaciones, y algunas ya han sido realizadas.

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El banco de esperma

Se puede razonablemente convenir en que sería extremadamente útil conservar el semen de un reproductor, como se hace con las semillas de las plantas. En veterinaria este procedimiento rinde enormes servicios, porque es posible, después de algunos ensayos, comprobar la calidad de la descendencia de un garañón o de un toro antes de utilizar la inseminación artificial a gran escala.

En nuestra especie, la inseminación se utiliza sobre todo para suplir la imposibilidad de fecundar.

Por ejemplo, muchos miles de niños americanos nacieron de padres alejados de su casa durante la guerra de Corea. Todos estos niños eran biológicamente legítimos (salvo error de probeta).

La inseminación es un acto relativamente sencillo, ya que depositar el semen en el cuello del útero o de la cavidad misma no es más que una de las etapas del proceso natural.

La otra utilización se refiere a la infecundidad masculina; en este caso se utiliza el esperma de un donante. Aquí los hijos son adulterinos, puesto que su padre biológico no es el marido de su madre.

Sería legitimo temer numerosas conse-cuencias psicológicas para la madre y para el niño, aún cuando haya opiniones di-versas sobre este punto. En todo caso, biológicamente los niños son absoluta-mente naturales como los hijos adulteri-nos o los legítimos.

La idea de seleccionar el semen de algunos sujetos considerados superiores no ha dejado de ser lanzada. El fallecido premio Nobel, Müller, propuso sustituir el honrado viejo método de hacer niños por una inseminación voluntaria. Como donantes propuso entre otros, a Pasteur, a Lenin, a Stalin. En otra publicación inmediata al acceso de Krushef al poder, el nombre de Stalin había desaparecido. Todo el mundo puede darse cuenta de las dificultades que encierra la elección...

Un riesgo ulterior, más insidioso, es el de las fecundaciones incestuosas ignora-das. En una ciudad pequeña, si el mismo "donante" ha sido utilizado para engendrar numerosos descendientes, existe el riesgo de que lleven a cabo matrimonios entre hermanastros y hermanastras que ignoran totalmente su parentesco, y es verosímil que se hayan dado ya casos como éstos en los Estados Unidos.

En estos casos se pueden imaginar todos los riesgos que lleva consigo la consanguineidad y sus efectos negativos sobre la descendencia.

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La elección del sexo

Desde la más remota antigüedad, el nacimiento de un número más o menos igual de varones y de hembras ha dado lugar a muchas hipótesis y a un número todavía mayor de métodos empíricos con el fin de procrear hijos o hijas a voluntad. Hasta ahora sin éxito.

Como todo el mundo sabe, el hombre posee 46 cromosomas, y en el varón encontramos una X y una Y. En la fase de producción de las células reproducto-ras, solamente la mitad exacta de los 46 cromosomas se encuentran en el esper-matozoide. Esto quiere decir que cada cé-lula lleva 23 cromosomas, o sea, un elemento de cada uno de los doce ejemplares, un cromosoma n.°, 1, uno n.° 2, y así sucesivamente hasta el n.° 22, y por último una X o una Y, ya que estos cromosomas sexuales no son del todo idénticos. (En la mujer, que lleva dos X, cada óvulo contiene también 23 cromosomas, y por tanto siempre un X).

Vemos, pues, que es el espermatozoide fecundante el que determina el sexo del naciturus. Si lleva una X, el nacido será XX, es decir, mujer. Si lleva una Y, el nacido será XY, es decir, varón.

Al parecer, con una coloración especial se puede reconocer si el espermatozoide lleva una X o una Y. Pero esta intervención implica la muerte de la célula.

Se han propuesto los sistemas más diversos para la elección del sexo del naciturus, pero aún no ha sido señalado ningún éxito sustancial.

Suponiendo, y no tiene nada de imposible, que un día se descubra un método eficaz, e! problema consistirá en dejar que la pareja elija el sexo del naciturus. Como muy bien dice Jean de Grouchy en Los nuevos Pigmalines, el Estado deberá disponer de computadoras para saber cuál será el método mejor para satisfacer el deseo de la mayoría de los genitores (de los que desean un hijo) y, al mismo tiempo, conservar el equilibrio de los sexos en la siguiente generación. A primera vista se puede ya dar la respuesta que las computadoras elaborarán después de infinitos cálculos: el único método para evitar cualquier favoritismo o deliberada injusticia consiste en dejar que las cosas sigan su camino (como antes).

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La selección de los genes dañados

Una aplicación todavía más lejana en el tiempo podrá ser la invención de una especie de filtro capaz de detener los espermatozoides portadores de un gen da-ñados, y sólo dejar que alcancen su meta los que están sanos.

En realidad, cuando un individuo, en la misma función química, es portador de un gen normal y de uno patógeno, transmite el uno y el otro indiferentement, es decir, con una probabilidad de un 50 por 100. De aquí el evidente interés teórico de una manipulación que anularía prácticamente las memoras genéticas de cada generación. En la actualidad es posible afirmar que un niño sobre cada cien está afectado por una enfermedad de origen hereditario.

En este terreno aún no se ha inventado ninguna manipulación, pero sería presuntuoso negar a priori toda posibilidad de inventarla.

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La manipulación de los óvulos

Los intentos de intervenir en la célula femenina, el óvulo, son mucho menos numerosos y mucho menos fáciles de realizar, ya que el número de estas células es limitado: una, como término medio, por cada ciclo menstrual.

De todas formas, se conocen diversas combinaciones hormonales adecuadas para provocar ovulaciones múltiples, y parece ser que con ellas será posible obtener de determinados donantes una decena de óvulos maduros. Podrán ser conservados en frío intenso y utilizados más tarde. .

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Implicaciones morales

Como puede verse, dejando aparte las teorías que dan como cierta su utilización con el fin de mejorar la raza humana, la manipulación de las células reproductoras podría resultar más útil que perjudicial.

Es posible pensar que más graves serían sus efectos psicológicos. La disociación entre paternidad y acto de amor, que se ha querido comparar con la sublimación afectiva que se da en la adopción, es en la realidad muy diferente, porque uno de los procreadores, la madre, es un genitor biológico bona fide, mientras que el otro, el padre, es absolutamente extraño a sus' hijos.

La generalización de estos métodos podría conducir a la creación de una "fractura" todavía mayor entre las generaciones, con toda la inestabilidad afectiva y racial que podemos intuir.

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La manipulación del embrión

Una perspectiva diferente será la fabri-cación in vitro del hombre mismo.

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La fecundación in vitro

Pudiendo disponer de un buen número de óvulos y de espermatozoides, resulta muy sencillo obtener la fecundación en un ambiente sintético, eventualmente bajo control microscópico. No debemos olvidar que es de esta manera como se efectúa, de modo natural, la fecundación de numerosas especies acuáticas, sin el acoplamiento de los individuos.

Estos experimentos son fáciles con los animales; ratones concebidos in vitro y después implantados en una madre adoptiva se han desarrollado perfectamente. Este experimento se ha intentado también con el hombre. En un ambiente apropiado, el huevo así fecundado se divide hasta un número de células de 16 a 32 y comienza a organizarse. Parece ser que se puede alcanzar el estadio en el cual el huevo se implanta en la mucosa uterina (hacia el 5.° o el 7.° día). Más allá de este punto, por la ausencia de esta mucosa nutritiva que ningún producto sintético puede actualmente sustituir, el nuevo ser degenera y muere en pocos días.

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Las amas de cria uterinas

Con una preparación hormonal adecuada, todas las mujeres que están en condiciones de procrear podrán ser preparadas para recibir uno de estos jovencisimos embriones. Ya se hace con relativa facilidad con los ratones.

Destinado en teoría a suplir la impo-sibilidad de concebir, por ejemplo, a causa de un bloqueo de (as trompas uterinas, esta inserción después de la fecundación in vitro está al alcance de nuestra mano.

Esta manipulación romperá el último ***

Se consentiría que una mujer deseosa de tener un hijo lo confíe, a los pocos días de la fecundación, a un ama de cría uterina. Se podría llegar hasta la mórula en la trompa con una pequeñísima incisión en la pared abdominal (laparoscopia) e insertarlo inmediatamente en una receptora preparada.

Después de nueve meses, el ama de cría traerá al mundo un niño no suyo, y lo devolverá a la madre genética (eventualmente mediante remuneración).

Las consecuencias afectivas serán todavía más graves que las que recordábamos al hablar de la inseminación artificial.

Venemos resquebrajarse el último ligamen natural entre las generaciones. Si siempre se ha podido tener una duda acerca de la paternidad en ciertos casos, no podría haberla nunca acerca de la maternidad después de haber asistido a un parto. Ahora vemos que este lazo puede ser totalmente roto, por lo menos en algunos casos particulares.

Algunos afirman que, este sistema es muy similar al del ama de cría tradicional, a amamantar al niño en los casos en que la madre no puede hacerlo. Yo no lo creo. Por el contrario, creo que sería degradar la dignidad de la madre y el respeto que se debe tener hacia la maternidad. Temo incluso que, el hecho de entrar en posesión de esa técnica, pueda contribuir a la ruina del buen sentido natural y del respeto que tenemos por los seres humanos.

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Los híbridos contra natura

La barrera genética entre las especies está constituida, como es sabido, por las diferencias existentes en las estructuras cromosómicas y no por una incompati-bilidad entre los patrimonios genéticos propiamente dichos.

Así ocurre con la hembra del asno y con el caballo, cuyo híbrido es el burdégano (o el mulo, si se trata de una yegua y un asno). El híbrido es perfectamente viable y está bien constituido, pero es estéril. De ahí la imposibilidad de transferir el gen de un asno a un caballo o viceversa.

Desde hace poco tiempo sabemos que la semejanza de los genes del hombre y del chimpancé es muy grande, y que sus diferencias cromosómicas son mucho menos marcadas que tas que existen entre el asno y el caballo. Si tomamos en consideración todas las letras que componen el mensaje, nos damos cuenta de que somos semejantes en un 99 por 100.

Hasta el presente no se nos han dado a conocer los intentos de obtener híbridos contra natura, mediante fecundación in vitro e inserción uterina posterior. Nadie sabe a priori qué estadio de desarrollo se podría alcanzar, pero es cierto que la tesis mantenida por Vercors en Glí animalí denaturati se convertirá en objeto de discusión científica, sin olvidar las consideraciones filosóficas y morales relativas no tanto a los eventuales resultados cuan- ***

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Los cultivos de células híbridas

Cosa totalmente distinta es la técnica de hibridación forzada entre células ordinarias, es decir, no reproductoras. Con la ayuda de una infección vírica (virus de Sendhai), la manipulación consiste en cultivar en contacto entre sí células de dos especies diferentes. Sorieul ha descubierto que las células se fusionan y ponen en común sus complejos cromosómicos.

Durante las generaciones sucesivas, tal ligamen se debilita y poco a poco los cromosomas de una de las dos especies son rechazados uno a uno (o poco menos). Los genitistas han aprovechado este proceso para descubrir qué cromosoma (el 1.°, el 2.°, etc.) es portador de un determinado gen. Por ejemplo, basta con escoger desde el principio celulas humanas y hacer que se fusionen con células animales portadoras de un gen anormal que las hace incapaces de contribuir a una cierta reacción química. El híbrido celular efectúa normalmente la reacción, pero se pierde el cromosoma humano portador del gen "sano". Esta capacidad desaparece. Es suficiente, pues, controlando la evolución del compuesto, observar que la reacción se produce en presencia de un determinado cromosoma, mientras que no sucede cuando el mismo cromosoma ha sido rechazado, y se localiza así el gen estudiado.

De esta manera han sido localizadas una decenas de genes, lo cual representa un progreso muy importante que se está efectuando con ritmo acelerado desde ***

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La mezcla de los embriones

La conservación de embriones muy juvenes por medio del frío intenso no presenta particulares dificultades y son posibles múltiples manipulaciones.

Se puede trocear un embrión joven en muchas partes, según un proceso que recuerda al que da origen a verdaderos gemelos. Se obtendrían así "lineas" de 2, 4y 8 6 16 individuos absolutamente idénticos (para implantar en amas de crías uterinas diversas, por cuestión de volumen). También será posible hacer que colaboren dos o más embriones en la edificación de un solo individuo. El poder de regulación embrionaria es sorprendente en este estadio muy precoz, y se han podido producir ratones de parentela múltiple. El récord es de cuatro madres y cuatro padres.

Una anomalía de esta clase existe excepcionalmente también en nuestra especie. Algunos enfermos, definidos hermafroditas, son portadores de células masculinas XY y de células femeninas XX, por lo cual poseen simultáneamente caracteres tanto masculinos como femeninos. Son los resultantes de la colaboración de dos óvulos gemelos fecundados.

Nadie sabe si la unión de un embrión de niño blanco con uno de niño negro produciría un sujeto de calor mestizo o con pigmentación a manchas, como sucede con los ratones. Igualmente inciertos serian los efectos de la unión de un embrión de atleta con uno de matemático (en el supuesto de que tales cualidades puedan preverse tan pronto), y nadie sabe si él niño resultante acumularía las cualidariaa da sus dos "antecesores inmediatos".

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La multiplicación vegetativa

Aunque el injerto y el acodo, tan apreciados por los arboricultores, no puedan ser aplicados a los organismos superiores, diversas manipulaciones permiten una multiplicación asexuada, es decir, de tipo vegetativo. .

Por ejemplo, sabemos, después de los experimentos de Gordon y de King, que en los anfibios es posible extraer el nú-cleo de un huevo fecundado y sustituirlo por el de otro. El individuo resultante posee los carácteres de la raza donante del núcleo y no los de la donante del huevo.

Algunos núcleos celulares, como los de la mucosa intestinal, están ciertamente en condiciones de asumir la dirección genética del huevo manipulado, pero nunca se ha llegado a un resultado completo.

Las posibilidades de extrapolación son mucho más arriesgadas en el hombre que en el ratón, como lo confirman los resultados obtenidos.

Veamos de qué peligros estamos por el momento a salvo. Supongamos que el método esté bien estudiado y que el donante tenga las siguientes características: buen padre, bello, fuerte, inteligente y, para colmo, eminente biólogo. (No nos referimos a ninguna persona existente o que haya existido, ya que las interpretaciones podrían ser enormemente diversas y criticables). De algunos millares de sus células podríamos extraer otros tantos millares de núcleos, insertar después cada uno de ellos en un huevo fecundado precedentemente enucleado y, con la intervención de miles de amas de cría uterinas, asistir al nacimiento de miles de pequeños ciudadanos ¡todos bellos, fuertes, inteligentes y eminentes biólogos!

Ninguna ciencia resistirá a la formida-ble esclerosis derivada del aflujo de un tal número de adeptos. Estando todos en posesión de los mismos títulos de nacimiento y de las mismas dotes personales, asistiremos a una canalización en sentido único de la evolución intelectual de toda una generación. E! espíritu de la investigación será entonces sustituido por un nuevo conformismo.

¿Y qué ocurriría si hubiésemos elegido éste o aquel personaje histórico? ¿Cuál sería el nombre, cuya multiplicación en millares de individuo p3dría ser considerada sin temor?

Parece ser que solamente en ios armadillos (pequeños mamíferos con caparazón) la naturaleza consigue producir hasta doce ejemplares iguales a partir de un solo ser. En et hombre, los gemelos auténticos no superan casi nunca los dos individuos.

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La partenogénesis

Otro peligro, también un tanto lejano, es el de la partenogénesis, fenómeno poco menos que inexistente en nuestra especie (considerando la media estadística), si bien el clásico quiste de la piel del ovario en las jovencitas podría ser considerado como una forma lejanamente similar a este tipo de reproducción.

A causa del determinismo cromosómico de los sexos, la descendencia partenogenética estaría compuesta, salvo caso de accidente imprevisto, exclusivamente por hembras. Según que la anomalía dependiese de la ausencia de toda reducción cromosómica o de la reintegración secundaria del 2.° glóbulo polar, las hijas serían todas idénticas entre. Si, o serían un muestrario de todas las posibles variantes en torno al tipo común representado por la madre.

Mientras no estemos en condiciones de emitir un juicio conclusivo acerca de estas "mezcolanzas" embrionales, éstas no re-presentan ningún interés para nuestra es-pecie. La Bekanofskificatión de la cual habla Aldous Huxley en El mejor de los mundos es más una angustia que una es-peranza, y la manipulación pura, llevada a cabo para ver, para experimentar, cuales podrían ser los monstruos conseguibles es una tentación del espíritu de curiosidad. no un medio de conocimiento racional.

En el estado actual de ignorancia, podemos pensar que los mismos conocimientos, in anima vili, también los podremos obtener nosotros, a reservas, claro está, de la tosquedad de nuestros medios de investigación.

El único interés derivado de estos sistemas reproductivos, ya sea por medio de las amas de cría uterinas o por medio de las probetas consistirá en instruir a la población acerca del hecho de que el feto no es un fragmento de ¡a madre. Será importante que se comprenda que cuando una mujer sea un ama de cría uterina y haya tenido en su vientre un feto que no sea el suyo, cuando lo haya traído al mundo, no podrá afirmar jamás que se trata de su hijo, porque biológicamente no lo podrá ser nunca. En otras palabras, estas mani-pulaciones nos enseñan lo que el mismo buen sentido nos surgiere que el pequeño ser que vive en una mujer necesita a su madre, pero esa no es su madre. Esto podrá demostrarse por experiencias ciertamente peligrosas, pero que serán irrefu-tables.

Todavía es posible llegar más lejos y manipular no ya al embrión, sino al feto. Y desgraciadamente esto se está haciendo.

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La manipulación del feto

Después de que numerosos países, llamados civilizados, se han conformado con que la vida de algunos seres no pueda ser protegida legalmente, los fetos humanos pueden ser eliminados si su madre rechaza el papel de ama de cría legítima.

Entonces resultan realizables ciertas manipulaciones, y ya son practicadas tanto en el útero como fuera del útero.

Es posible, por ejemplo, administrar a la madre determinadas drogas para ver si al comienzo de la gravidez pueden causar malformaciones del feto.

Fuera del útero, en los abortos de 3, 4 ó 5 meses, son posibles experimentos de neurología o de psicología.

Recordaras ciertamente el desastre de la talidomida. Se trata de una droga calmante, muy eficaz, pero que provoca interferencias dañinas en el proceso de for-mación de los miembros, hasta el punto de que las mujeres encinta que tomaron esta medicina han visto a sus hijos nacer con los miembros atrofiados o incluso sin miembros. A causa de la talidomida han nacido en el mundo más de 15.000 niños sin brazos y sin piernas. En Francia no ha nacido casi ninguno por una razón muy sencilla: se trataba de un producto químico nuevo, sujeto a autorización. Esta había sido ya dada, pero por causa de la lentitud de tos trámites administrativos, no tuvo efecto hasta la misma semana en la que en Alemania se dieron cuenta de la catástrofe que el fármaco produciría. Un retraso administrativo de dos años salvó a 5.000 franceses por lo menos. (Pues nosotros también habríamos presenciado el mismo drama, ya que nadie tenía idea de la toxicidad de aquel producto.)

Hoy en día, a las mujeres encinta que desean abortar, seles prescriben en muchos países productos, tóxicos o no: se les promete una cierta cantidad de dinero, se hace uno cargo del aborto, y después se examina el feto. No está ausente el interés teórico, en el sentido de que para ciertos productos químicos no estamos en condiciones de descubrir, sirviéndonos de animales, si son tóxicos también para el hombre. Afirmar que un medicamento no ha causado malformaciones en los pequeños simios no prueba que no podría suceder lo contrario en el hombre. Y se aca-ba por servirse del feto, después de haber decidido matarlo, como de un material de experimentos. Actuando así se destruye el respeto que se ha de alimentar hacia un ser humano, sobre todo si es tan pequeño y tan indefenso.

Es posible, se dirá, que estas vivisecciones sean útiles para la ciencia, puesto que ciertos fenómenos no pueden ser estudiados más que en el hombre mismo. Si consideramos los medios empleados, esta explicación es falsa. La verdadera razón, por muy degradante que pueda parecer, es mucho más mezquina. EÍ feto de chimpancé cuesta muy caro (hay que mantener su crianza), mientras que el humano no cuesta nada.

Podemos darnos cuenta, por este solo hecho, de los peligros que una biología desnaturalizada, preocupada sólo por la eficacia y por el dinero, puede representar para la inteligencia y para la sensibilidad.

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La salud por medio de la muerte

Merced a diversas técnicas, el destino del niño puede ser conocido muy pronto, todavía en el vientre de la madre. Tomando una muestra del líquido amniótico, en el cual se encuentra inmerso el feto, es posible examinar las células del naciturus y descubrir numerosas enfermedades, tanto cromosómicas como genéticas. En estos casos la investigación se acaba con la eliminación deliberada de los enfermos. Hasta tal punto se ha hecho habitual esta práctica en los Estados Unidos, que uno de sus mantenedores ha llegado a la conclusión de que cada investigación que pretende curar a los enfermos termina en esta solución concluyente.

"La introducción del aborto plantea un serio problema ético para la búsqueda de medidas terapéuticas más conservadoras. Serán inseguras en los estados precoces, y seguramente darán todavía como resultado un notable número de niños enfermos, ya sea por un control insuficiente de la enfermedad o por efectos colaterales del tratamiento. Por estas razones, el diagnóstico prenatal y el aborto serán probablemente preferibles a cualquier otro intento de terapia genética" (Ledroberg).

Es importante destacar que se trata de un Premio Nobel que se dirige a una elite científica. Esto quiere decir que cuando se comienza a disparatar se pierde todo contacto con la realidad. (Desde el momento en que se pueda matar a los enfermos, ya no vale la pena curarlos! Es cierto que en una economía de campo de concentración, si podemos eliminar a quienes ya no son útiles, es inútil tomarse el trabajo de curarlos. Mas nosotros no estamos en un campo de concentración. E incluso, si un niño que padece una enfermedad grave, se ve ya desde el comienzo del examen médico que sólo puede curar parcialmente, nos sentiremos igualmente orgullosos de hacerlo. Porque, para nosotros, un enfermo es un hombre, no es sólo un síndrome, es un ser que sufre, y aunque sólo podamos ayudarle en parte, esto sólo ya es muy importante.

Estas manipulaciones eston destinadon a ensanchar el abismo que separa a las generaciones, y bien sabemos que las leyes actuales no han hecho nada por colmarlo, es más, las leyes sobre el aborto emanadas en muchos países lo han leñado de sangre.

Imaginar que un progreso técnico (el diagnóstico precoz) imponga un retorno a la solución final (el aborto) y bloquee toda la expansión de la medicina genética, es probablemente un juicio equivocado, pero constituye una condena, quizá involuntaria pero terrible, de la dirección que ha tomado la biología desnaturalizada.

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La manipulación del adulto

Dadas las mayores posibilidades actuales de los instrumentos de intervención, tanto químicos como quirúrgicos, también el adulto puede ser manipulado.

No hablaremos aquí del transplante de órganos, que plantea graves problemas para el donante, pero que responden a la necesidad de ayudar a los semejantes, conforme con la tendencia más noble de la naturaleza humana y con la razón de ser de la medicina.

Dos peligros ulteriores merecen ser señalados.

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La manipulación del sexo

Es cierto que es imposible transformar un hombre en mujer y viceversa; todas las historias que refieren casos así han de ser atribuidas solamente a un mal periodismo sensacionalista.

Por el contrario, las combinaciones hormonales unidas a la cirugía mutilante pueden transformar el aspecto y la psicología del sujeto.

Aunque sean excepcionales, las mutilaciones que a los ojos de un profano podrían pasar por proezas técnicas tienen como resultado hacer caso omiso de la constitución sexual, que es modificada a voluntad.

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Las manipulaciones de la sexualidad

Hay quienes hablan de los deterioros causados por los cambios sobrevenidos en el acoplamiento sexual en nuestros países durante los últimos años. Algunos de los peligros derivados del uso de contraceptivos hormonales se han exagerado, otros en cambio subestimados, y es difícil hacer un balance con precisión. Parece evidente, al menos a los ojos del especialista, que una manipulación del delica-do mecanismo ovárico de la mujer no puede dejar de tener consecuencias.

Un punto muy concreto, sobre el cual nuestra ignorancia es total, es el de la ad-ministración de la "píldora" a las adoles-centes. Entre los 11 y los 12 años se ve-rifica normalmente la revolución de la pubertad. Y sabemos que es un momento en el que toman forma nuestras ideas más íntimas, las que derivan de una nueva toma de conciencia del individuo: la crisis de la adolescencia, que sigue a la de la pubertad, es el momento en el que se define la personalidad y se dibujan los grandes rasgos del carácter. Sabemos que las relaciones entre el sistema nervio-so de la base del cerebro y la hipófisis son muy complicadas, pues existen trans-misiones químicas que parten de las célu-las nerviosas para entrar en las endocrinas (es decir, las que segregan las hormonas), y no salen solamente hormonas que van a excitar las células nerviosas. Ahora sa-bemos que esto sucede en ambos senti-dos de manera extremadamente compli-cada. También sabemos que el sistema nervioso no llega a su acabamiento hasta los 17 ó 18 años. Este proceso y el funcionamiento del cerebro dependen en parte de los equilibrios hormonales. Nadie sabe qué efectos, por causa de la pertur-bación química de la píldora, puede sufrir un organismo de 12 ó 13 años, todavía muy lejos de una madurez completa. Cuando observamos que un número nota-ble de jovencifas utiliza la píldora, no po-demos por menos que espantarnos ante tanta imprudencia.

Uno de los aspectos menos evidentes (junto a las eventuales repercusiones sobre el desarrollo de los carácteres se-xuales primarios o secundarios, o a un po-sible efecto sobre la sucesiva fecundidad) es el de las relaciones entre mutación del sistema hipofisario, hipotalámico y límbico, y el equilibrio hormonal de la jovencita.

Quizá una imprudencia inaudita, que abarque a toda una generación, podrá re-velarnos, con un experimento de masa, tos temibles efectos sobre la regulación del humor, sobre la constitución del ca-rácter y sobre la maduración de la con-ciencia y de los sentimientos influidos por condiciones químicas perturbadas.

Creemos que en los países occidentales se ha dado vía libre a un experimento que se extiende a toda una generación de jóvenes; sabemos que se producirán efectos, pero ignorarnos sus dimensiones: por i primera vez hemos arriesgado la vida afectiva e intelectual de toda una generación de jovencitas. Aun cuando el daño no sea grande, sigue siendo una imperdonable injusticia no haber hecho el experimento con animales, antes de hacerlo con jovencitas.

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Las manipulaciones del espíritu

Es ajeno a nuestro propósito discutir acerca de los desarrollos recientes de la bioquímica y de (a farmacología del sistema nervioso central. Ya se trate del des-cubrimiento del centro de percepción del bienestar, cuya estimulación eléctrica provoca un relativo nirvana, o se trate del uso de las drogas cuya difusión conocemos, no podemos pasar en silencio el riesgo de una repercusión directa sobre el espíritu.

Por una parte, estamos a punto de conseguir la curación por medios químicos de ciertas afecciones mentales muy graves, incluidos algunos estados de debilitación congénita de la inteligencia (para muchas enfermedades estas conquistas localizadas pero casi totales, son ya parte integrante de la práctica médica); por otra parte, sería sorprendente que no fueran descubiertos alucinógenos más potentes y más específicos que el L.S.D., o euforizantes más estupefacientes que la misma heroína.

Nuestro poder, tanto para aliviar el dolor del espíritu como para provocar deli-beradamente la inestabilidad de la razón bajo el impulso absoluto de la necesidad de placer, irá necesariamente aumentando en el próximo futuro.

Aldous Huxley definió admirablemente con el término "soma", es decir, cuerpo, la droga deliciosa que provoca un estado artificial de alegría total. Sin embargo, nos parece que la voluptuosidad continua de la mera sensación será la antítesis de la actividad del espíritu.

Y precisamente en esto está el peligro. La Ciencia en sí no se ha de temer, pero puede dar origen a las cosas mejores y peores, según sea utilizada.

No se trata de tener miedo de la ciencia. Lejos de mí la idea de impedir la investigación, como ha propuesto la resolución de la Academia de Washington. Pero debemos considerar que los debates importantes que tendrán lugar en los próximos diez o veinte años serán de carácter exquisitamente técnico. Podemos darnos cuenta de ello considerando la energía atómica. Nadie puede afirmar que en sí mismo sea positivo o negativo utilizar la electricidad derivada del átomo. Mas puesto que se trata de saber en qué lugar debemos construir una central y cuales son las normas de seguridad que se han de respetar, se comprende que el moralista tenga que conocer la tecnología.

En otras palabras, para respetar a nuestro prójimo, no necesitamos saber cómo se producen las células reproductoras y los genes. Nuestra sociedad, si quiere todavía respetar al ser humano, si quiere que sean todavía respetables todos los individuos que la componen, tendrá que aprender esta tecnología para después dominarla. El árbol de la ciencia está a punto de cubrir totalmente a la humanidad, y nosotros debemos impedir que nos ahogue. Este árbol produce frutos buenos y malos. Estamos obligados a escoger. Es necesario que las sociedades modernas empiecen a comprender que la ciencia en sí no es ni útil ni perjudicial, pero puede ser una cosa u otra según sea utilizada para servir al hombre o para degradarlo.

Las manipulaciones de las que hemos hablado, son un peligro para el futuro si consideramos el copiunto del planeta.

Mas el verdadero peligro está en el hombre; en el desequilibrio cada vez más I inquietante entre su poder que va en aumento y su prudencia que va disminuyendo.

Es sabio ser un buen aprendiz, es el deber de todo científico, pero es una locura jugar a aprendiz de brujo; nadie puede jamás hacerse uno de ellos.

Más allá de la inteligencia hay otra ley de vida que domina incluso a la razón. Es el amor a los semejantes, la defensa del débil, la compasión por quienes sufren y el respeto sin límites incluso por quienes están lejanos, por los extraños, por los que son diferentes, y hasta por ios desconocidos que nos sobrevivirán en esta tierra.

Las manipulaciones fuera del camino de la naturaleza no son condenables, pero cuando el sentimiento del hombre se descarría debemos considerar con justo temor la biología desnaturalizada.