Fisiología de la inteligencia

Jérôme Lejeune

Revista Universitaria n° 35, 1992.


Sommaire

¡hay alguna relación entre la forma en que ha sido modelado nuestro espíritu y las leyes del universo? Existen diversas teorías y leyendas al respecto, pero -como plantea Lejeune- debiéramos buscar la respuesta dentro de la propia "casa de carne".

El doctor Lejeune es el descubridor de la causa del síndrome de down, lo que le valió reconocimiento mundial. Doctor en ciencias, actualmente es jefe del departamento de citogenetica del hospital des enfants malades y director del instituto de progenesis de la universidad de parís. Es asesor del papa juan pablo il en cuestiones científicas. A continuación publicamos las palabras del profesor Lejeune durante la ceremonia de entrega del grado de doctor en cien. Cías et honoris causa de la pontificia universidad católica de chile.

Para un médico ser reconocido Doctor ès Sciences es por cierto algo muy impresionante y emocionante a la vez, porque la medicina es un arte, pero está fundada en la ciencia. Por eso quisiera revisar con ustedes lo que se sabe hoy de la fisiología de la inteligencia humana. Recordarán que Sócrates le decía al joven Théététe que "el pensamiento es un discurso que el alma se dirige a sí misma, sobre los objetos que examina". Definición admirable que no ha sido superada jamás, pero que deja en la sombra el fenómeno más sorprendente, que ese discurso que el alma se hace a sí misma es una relación eficaz con el mundo exterior.

Para explicar esto se oponen dos teorías: la primera sostiene que la inteligencia humana es fruto del azar y de la necesidad. Pero si la inteligencia es fruto del azar y de la necesidad, ¿cómo es posible .que nuestra máquina para eliminar lo fortuito conservando tan sólo lo deductible, que es lo propio de la razón, haya podido producirse por azar? Nuestra razón nos permite descifrar parcialmente el universo, y lo parcial es ya gigantesco: nosotros desencadenamos el poder atómico, visitamos los planetas. Pero para obtener ese resultado ha sido necesario que, por milenios, saberes parciales fueran conquistados y retenidos por la humanidad. Y era imposible que la selección natural previera el órgano que sería capaz de hacerlo.

La otra hipótesis es imaginar que, de alguna forma, el universo está preñado del espíritu, en el sentido de la mujer que es portadora de la vida. Y en esta concepción, muy apreciada por Engels, es inevitable que algún día, en algún lugar del universo, aparezca la inteligencia. Esta hipótesis, que estuvo muy de moda, es bastante ridícula porque obliga a creer en los extragalácticos, en los marcianitos verdes con antenas en la cabeza, todas estas cosas obsoletas desde que sabemos que no hay nadie en la Luna, en Marte, ni en los demás planetas del sistema solar.

Entre estas dos hipótesis clásicas que desvían la inteligencia no hay posibilidad de elección.

Les propongo hacer una especie de visita a domicilio, efectuar un viaje a esta casa de carne en que habitamos y averiguar con ustedes -al ver la forma como estamos hechos- si existe alguna relación entre la forma en que ha sido modelado nuestro espíritu y la forma en que comprendemos las leyes del universo. Contaré, a mi manera, algunos descubrimientos humanos, sin apoyarme necesariamente en pruebas históricas absolutas. Porque como decía Marett a sus alumnos antes de iniciar su clase, todas mis historias son ciertas, pero algunas lo son más que otras.

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La niña de los ojos

Comencemos por la historia más cierta. La historia de las matemáticas. Se dice que las matemáticas nacieron en Egipto. Antes de la construcción del embalse de Asuán, cada año la crecida inundaba el valle y al retirarse las aguas dejaban una superifie casi lisa. ¿Qué más natural, entonces, que sembrar allí unas pirámides? Se supone que la geometría nació de la necesidad de cercar nuevamente los campos cuyos límites habían sido alterados por la crecida. Permitan al biólogo no creer en esta historia que es, sin embargo, muy verídica, y contarles la historia más verdadera.

Los enamorados, como quizás lo habrán ya notado, pasan largas horas mirándose a los ojos. Y eso es tan cierto que todas las lenguas del mundo denominan de la misma manera esta pequeña ventana redonda que abrimos sobre el universo. En francés la llamamos pupille, del latín pupila, que quiere decir niñita; los griegos decían choree, que también quiere decir niñita. El español es aún más preciso, habla de la niña del ojo. Los árabes hacen lo mismo, ellos dicen Insay el ein, "insan" es el ser, "ein" es el ojo. En iraní se dice mardomak, "mardom" quiere decir un hombre, y "ak" quiere decir pequeño. En Ceilán se dice ahe Baba, "abe" es el ojo, "Baba" es el bebé. En Japón se dice hitomi, "hito" es el niño. "mi" es el ojo. Y esta convergencia de todas las lenguas del mundo no se debe al azar, sino a la observación. Cuando uno mira de cerca el ojo de la persona amada, el reflejo del propio rostro aparece como una pequeña muñeca. El amor ve en el ojo físicamente a un niño. Creo, por lo demás, que fueron las mujeres las primeras en notar esta interesante propiedad de las superficies ópticas, puesto que todas las lenguas dicen, más fácilmente, niña que niño del ojo. Pero descubramos la geometría. Para ello, debo formular un postulado cuya realidad histórica no es demostrable, pero plausible. Un día, un enamorado dotado de espíritu matemático descubrió, al observar el ojo de su amada, la única superficie del mundo que nos da la idea de un plano. El ojo está constituido por dos esferas. Una esfera de rayos muy pequeños, la cornea transparente, encajada en una esfera mucho más grande que es el globo ocular. La intersección de ambas esferas es un círculo. Sobre este círculo se encuentran insertas las fibras radiales del iris que están estrechadas hacia el centro por el orbicular del iris. La definición actual del plano euclidiano por el cálculo tensorial podría prestarse para enseñar a los esfozados escolares la historia yeridica de las matematicas, siendo estimulante para ellos el saber que basta una mirada enamorada para comprender la geometria.

Algunos milenios mas tarde, Descartes se frotaba los ojos para saber si habia visto bien. Protarse los ojos es una practica bastante comun sobre todo cuando se tienen dudas, mas aun si estas son filisoficas.stedes pueden hacer los mismo que Descartes. En la manana, en una habitacion no demasiado iluminada, estiren progresivamente sus parpados cerrados para aumentar la presion sobre el globo ocular. Veran unos fosfenos, pero en el momento en que la presión sea exactamente la que debe ser, todo el campo visual se llenará de un tablero compuesto por pequeñas regiones color púrpura, oscuras y otras doradas, brillantes, centradas en la horizontal de ambos ojos y la vertical de la cara. Las coordenadas cartesianas definidas por el eje X y el eje Y y gracias a la cuales cada punto es ubicado como una pieza sobre las columnas o los compartimientos de un tablero, se encuentran efectivamente "cableadas" en la retina desde siempre. Y bastó un filósofo que tenia dudas para darse cuenta de que la geometría analítica era una invención biológica preexistente a toda reflexión matemática.

Hemos pasado de Euclides a Descartes siguiendo el trayecto de los haces luminosos. Pero lo más sorprendente es que toda la historia de las matemáticas, se encuentran en el mismo orden en que nos llegan las impresiones luminosas y que se analizan en nuestro cerebro.

En la retina existen sin duda coor-denadas cartesianas, pero no hay que olvidar que la retina es una esfera hueca. En ella la mitad temporal se dirige hacia la mitad homológa del cerebro y la parte nasal envía prolongaciones hacia el otro lado del cerebro y la parte nasal envia prolongaciones hacia el otro lado del cerebro. Es decir, que un meridiano perfecto define la separacion, y que la geometria esferica, ya no plana, esta inscrita anatomicamente en nuestro analisis visual. Como los haces se cruzan, los quiasmas opticos, tenemos el primer ejemplo de una bijaccion. luego, cuando se pasa a los cuerpos geniculados internos, la informacion se va al area calcarina, hacia el centro oscuro que ve, se descubren hces, espacios fibrados, sistemas isomorfos y practicamente todos los descubrimientos que los algebristas modernos utilizan para comprender las matematicas llamadas modernas. Estas estaban inscritas en el cerebro del hombre desde siempre, pero se ha necesitado tiempo para analizar la forma en que estamos hechos, de modo que los hombres han tenido la impresión de que descubren e inventan las matemáticas. Cuando Platón hablaba de la reminiscencia e imaginaba que las formas geométricas precedían a la experiencia, tenía simplemente el presentimiento de lo que sabemos hoy. Incluso un gato recién nacido posee ciertas neuronas que le permiten calcular con certeza la pendiente de una recta, y toda la trigonometría ya está "cableada" en el ojo del que aún no ha visto la luz. Pero ya que vemos que las matemáticas se han de sarrollado en el orden previsto por la anatomía y la fisiología, quisiera pasar a otros descubrimientos científicos en relación con la forma en la que estamos hechos.

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Un desvío muy largo

Cada punto de nuestro saco de piel -como decía Aristóteles- se encuentra consignado en la corteza cerebral. Una especie de homúnculo neurológico, por supuesto dividido en dos (la izquierda sobre la derecha y la derecha sobre la izquierda), se encuentra tendido sobre la parietal ascendente -la cabeza hacia abajo y los pies hacia arriba- con la parte motriz adelante y la parte sensitiva hacia atrás. Esta disposición anatómica se conoce desde hace tan sólo unos cincuenta años, especialmente por los trabajos de Penfield y de Rasmussen que han mostrado detalles bastante sorprendentes. En primer lugar, el hombre neurológico no tiene la cabeza entre los dos hombros. La cabeza está separada del tronco y dada vuelta en la punta de los dedos como un San Juan Bautista decapitado. Esta disposición intrigó mucho a los primeros anatomistas. Pero la explicación es muy simple: es la única forma de representar en una superficie plana -la parietal ascendente- con la mayor economía de recorrido de fibras nerviosas, una esfera, la cabeza, unida firmemente a un cilindro, el tronco.

Los dedos se representaban también en su orden natural y es lo que explica el gran descubrimiento de Aristóteles. Mientras el filósofo confía con sus discípulos, amasó una bolita de miga de pan entre sus dedos, sin notar nada anormal. Pero cuando cruzó el dedo medio por sobre el índice, de repente (los filósofos tienen esas distracciones) se dio cuenta de que sentía dos bolitas en circunstancias que había una sola. Concluyó que no debemos creer en todas las indicaciones que nos da la piel. ¡Que sus espíritus me perdonen! pero él estaba equivocado. Nuestro "saco de piel" no nos engaña. Cuando una bola golpea en forma conjunta el borde del dedo medio que mira hacia el meñique y el borde del índice hacia el pulgar, el cerebro concluye que es absolutamente imposible que la misma bola toque simultáneamente esas dos partes de la anatomía. El error no proviene ni del "saco de piel" ni del "cableado", sino de la fantasía del filósofo al cruzar sus dedos uno sobre el otro. Cada punto de nuestro cuerpo se encuentra así representado en su posición anatómica definitiva y las anomalías de comportamiento que podemos infligir no cambian el "cableado" ya que si lo cambiaran estaríamos en un estado de demencia absoluta al no tener ningún punto de referencia.

Mencioné ya la gran expectación provocada por el hecho de haberse descubierto que el hombre neurológico no tenía la cabeza entre los hombros. Pero la otra particularidad es incluso más extraña. Si nuestro cuerpo está perfectamente representado en su orden: tórax, abdomen, pelvis, etc., en el extremo de los dedos del pie se encuentra la representación de los órganos genitales. Fue una sorpresa para los anatomistas que pensaban encontrar esta representación en medio del cuerpo. Pero se repusieron rápidamente de dicha sorpresa al recordar que el hombre es un ser erecto y que si caminara en cuatro patas nos percataríamos de que en realidad los órganos genitales están en el extremo del tronco, neurológicamente hablando. Pero esta localización tiene una enseñanza mucho más profunda: al estar situada completamente en el extremo de la parietal ascendente cuando desciende en el surco interhemisférico, la representación de los órganos genitales es la única parte de nuestra anatomía que está directamente en contacto con una enorme formación neurológica totalmente diferente, que es la circunvolución de Broca. Esta, que es el cerebro profundo y está justo sobre la conexión entre los dos hemisferios, es el centro de las emociones, es decir, de lo que nos mueve en lo individual como el miedo, la agresión, el hambre, la sed, la búsqueda de la alimentación y de la permanencia de la especie: la atracción hacia la pareja, la búsqueda de placer sexual y el amor al niño. Esto nos explica, según creo, que nosotros somos los únicos en el universo que sabemos, por construcción, que la copulación está relacionada con la reproducción. El chimpancé más astuto, el más educado, no comprenderá jamás que hay una relación causal entre el hecho de montar sobre su hembra y que al cabo de nueve meses salga un pequeño mono que se le parece. Pero el hombre en cambio lo ha sabido siempre y cuando los paganos querían describir la pasión del amor, el deseo voluptuoso, dibujaban simplemente el aspecto de un niño, conocido como Eros o Cupido. Y es nuestra época supuestamente científica la que está cometiendo el error neuroanatómico más elemental: separar el amor del niño. Estamos hechos de tal manera que para nosotros los hombres la contracepción, que es hacer el amor sin concebir un niño, la fecundación in vitro, que es concebir un niño sin hacer el amor, el aborto, que es deshacer el niño, la pornografía, que es deshacer el amor, son contrarios a nuestra dignidad de seres humanos.

Si hubiera visitado otro órgano en vez del ojo, el tacto o el sentido genital, como el oído, por ejemplo, nos habríamos percatado que el órgano del equilibrio definido por sus tres canales semicirculares posee pequeñísimos cristales que están en su interior, los que nos informan sobre los movimientos y los cambios de velocidad que imprimimos a nuestra cabeza. Permítanme contarles la historia de Newton mirando la luna en el cielo y viendo caer una manzana e inventando la gravitación universal. Tenemos la historia del propio Newton, aunque yo no puedo creer que él la contara en la forma en que se narra en los libros.

Cuando uno se encuentra bajo un manzano, mirando la luna astronómicamente y cae una manzana, no la ve caer, la oye, pues al caer roza las hojas y, ¿qué se hace cuando uno está tendido bajo un manzano y oye un ruido? Levanta la cabeza para ver de dónde viene el peligro. Y eso fue lo que hizo Newton, y al levantar la cabeza, los cristales que se encuentran en la linfa de los canales semicirculares chocaron contra los pequeños cilios que son los que nos informan sobre el movimiento, y le dieron la sensación interna del espacio, de la velocidad, de la aceleración, de la inercia, todos ingredientes indispensables para inventar la fórmula de la gravitación universal.

Otros científicos no han hecho algo distinto: Galileo, por ejemplo, más o menos cien años antes, aprovechó casi la misma disposición neurológica. A él le interesaba la velocidad de caída de los cuerpos. En esa época no había péndulos muy precisos, ni cronógrafos o estroboscopios, no había ningún medio de medir tiempos muy cortos, salvo uno que Galileo inventó. Sobre una ranura inclinada dejaba caer una bolita y mirando su caída la seguía con la mano derecha y hacía una marca en la ranura en el lugar en que se encontraba la bolita en el momento de acuerdo al tiempo de una canción que musitaba. Lanzaba la bolita y pam, pam, pam. Se han encontrado los cálculos de Galileo, se ha repetido la manipulación y efectivamente es así como inventó la ley de la aceleración de los cuerpos. Una vez más sería muy atractivo para los estudiantes si se les cuenta que fue una canción lo que permitió a Galileo descubrir la ley de la caída de los cuerpos. En realidad, poseemos en el oído no sólo el órgano del equilibrio y el sistema vestibular con su nervio particular, también tenemos la cóclea que nos aporta la música y con ella el tiempo. Y Galileo sabía aprovechar muy bien el tiempo. Siendo un niño de siete u ocho años inventó la ley de la isocronía del péndulo al mirar una lámpara de la iglesia que se balanceaba. Es muy probable que este niño haya utilizado el ritmo del cántico para darse cuenta de que ese péndulo, en cierta forma, hacía las veces de director de orquesta porque la multitud seguía instintivamente el movimiento regular para su canción. El único mérito de Einstein fue el habérsele ocurrido que el trayecto anatómico del nervio coclear y del nervio vestibular se encuentran unidos como un electricista pondría huincha aisladora alrededor de dos hilos para fabricar finalmente el nervio auditivo. El unió el espacio señalado por los canales semicirculares con el tiempo que nos trae la canción, para finalmente describir el universo no como un estático en el marco de lo posible -que es el espacio- sino como un estático que se mueve según la dimensión de lo real, que es el tiempo. No es posible escapar a la conclusión que todo el mérito de la ciencia es redescubrir por un desvío muy largo lo que la naturaleza prudentemente ha inscrito en nuestro sistema para descifrar el universo.

Nos falta aún descubrir la razón y lo mejor será referirnos al artefacto. Cuando Pascal descubrió que era posible simular el cálculo aritmético con una pequeña máquina compuesta por ruedas dentadas y por varillas, demostró, al mismo tiempo, que se podía incluir la lógica en la materia trabajada. Era un descubrimiento sin precedentes. La mecánica era capaz de simular una función del espíritu. Nuestras máquinas han evolucionado enormemente desde la suya y sin duda muchos de ustedes tienen en el bolsillo una pequeña calculadora electrónica muchísimo más poderosa y rápida que la de Pascal. Sin embargo, todas las máquinas para simular han incorporado esta actividad del espíritu que es el cálculo aritmético, todas ellas responden a las exigencias que había planteado Pascal: es necesario que exista una red que sea lógica por construcción. En segundo lugar, se requiere que haya en la máquina transmisiones a distancia y no solamente locales, pero sin difusión, al lugar deseado. Y tercero, es necesario que cada componente responda exactamente como previsto. Las puertas que utilizan los informáticos se asemejan por completo a la comedia de Musset: "Es necesario que una puerta esté abierta o cerrada". Es la lógica binaria. Sí o no. Aquí se vuelve a encontrar la palabra del Evangelio est est non non. Todo el resto proviene del demonio. Y bien, los informáticos han descubierto que eso es endemoniadamente cierto. Si el diente de una rueda no engrana bien, si una conexión no responde sí o no, todo el montaje lógico se desploma, el rendimiento se vuelve nulo. Una máquina que cuenta erróneamente es una máquina que no cuenta. Para satisfacer nuestra razón, est est non non es el criterio absoluto, aquel que prohíbe absolutamente ser a la vez tal cosa y no serlo.

No pretendo que las máquinas sean un modelo del pensamiento y que el computador lo sea del cerebro humano. Pensar que las máquinas piensan, sería pensar maquinalmente, pero pensar que nuestro espíritu ha inscrito en la materia de las máquinas algunas de las categorías que nos permiten pensar es una extrapolación completamente aceptable y verídica. No es el computador el que inventó a los hombres sino el hombre el que fabricó el computador. No es sorprendente, entonces, que la máquina se nos parezca parcialmente ya que la red de nuestro cerebro supera incomparablemente las máquinas más poderosas que hayamos inventado hasta ahora. Si se unen los extremos de lo que se ve en el microscopio óptico corriente -el "cableado cerebral" medido en axones y en dendritas, es decir, los pequeños filamentos que van de una neurona a otra- tendríamos una red que iría más o menos de Santiago a Tokio. Pero la verdadera red informática está constituida por neurotúbulos, finos espirales que tienen un pequeño hoyo central visible sólo en un microscopio electrónico, que van desde un extremo de una célula al otro atravesando todo el cuerpo celular de una sola pieza. Si se unieran los extremos de estos neurotúbulos, medirían aproximadamente la distancia de ida y de vuelta……………………………………………. de la Tierra a la Luna. Y ………………………………..particularidad que no poseen…………………………………. quinas que construimos y es que de una célula a otra no hay un contacto eléctrico simple que haga abrir o cerrar la puerta, sino que es la emisión de una molécula, el mediador químico, la que golpea la superficie siguiente. Y esta superficie postsináptica es capaz de absorber iones particulares uno por uno. Nuestra máquina para analizar el universo es comparable al pequeño demonio que inventó Maxwell. El descubrió que para ordenar el universo sería necesario un pequeño demonio que permitiría hacer entrar ciertas partículas y prohibir el paso a otras. De esta manera funciona nuestro cerebro. El demonio de Maxwell existe realmente. El no hizo más que redescubrirlo. El funcionamiento molecular de una sinapsis es la representación química del demonio de Maxwell. Cada vez que una idea pasa por la mente, cada vez que se hace un gesto, se ponen en movimiento miles de partículas y, neurológicamente hablando, es el pensamiento el que manda la materia, es el pequeño demonio de Maxwell el que se encarga de este trabajo.

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Todas las facultades juntas

Sabemos, por la genética, que la lógica neurológica es universal, pero que, sin embargo, cada especie efectúa un montaje particular para realizar mejor ciertas sensaciones, ciertas decisiones. Para un anatomistaconsecuente, la diseccion del cerebro define una especie animal tan bien como el analisis de los cromosomas y la evaluacion de su cariotipo. Pero si la logica neurologica es comun y general, resulta que los hombres son los unicos que pueden descubrirla. Imaginen un gato callejero que esta calculando su impulso para pasar sobre el muro de la casa vecina; los circuitos que va a utilizar son tan cartesianos como los nuestros y son completamente razonados. El gato lo utiliza con seguridad, pero nunca la sabra. El milagro de nuestra constitucion humana es que somos capaces de comprender una parte de nuestro patrimonio hereditario y de comprender parcialmente cómo funciona esta caja negra que es el cerebro y que es el órgano que utilizamos para saber cómo funciona él mismo. Todos sabemos intuitivamente que existe algo que revela la acción del cerebro. Ese algo es la pupila por la cual comencé. Las fibras radiales del iris se inervan mediante el sistema simpático -ello prueba que los anatomistas son grandes poetas- puesto que este sistema es verdaderamente simpático. Funciona con adrenalina, cuerpo químico particular que es capaz de hacer que se contraigan las fibras radiales. Ahora bien, tan pronto como uno experimenta simpatía por alguien (sun patheim, sentir con), uno hace trabajar su sistema adrenérgico y agranda la pupila. Por el contrario, en cuanto uno analiza a una persona, se utiliza el sistema colinérgico y la acetilcolina manda el orbicular del iris de modo que la pupila se contrae y la mirada del que observa se vuelve rápidamente penetrante. Todo el mundo sabe esto, o más exactamente lo sabemos todos inconscientemente. Un informático dirá al respecto que se trata de un programa "cableado" o "precableado". No sabemos mirar con ternura avoluntad. El sistema simpatico es autonomo, no es voluntario, y por ello es absolutamente la pupila para hacer creer a la persona que nos mira que uno siente simpatia por ella. Felizmente es asi, porque garantiza cierta verdad en el comportamiento social. Si ustedes quieren tener la definicion de este fenomeno, hagan un experimento muy simple. Saquen una foto de frente de una mujer bonita y hagan dos copias absolutamente identicas, pero sobre una de ellas agranden levemente el diametro de la pupilas. Cuando hayan hecho esta fechoria, muestren ambas fotos a varones ingenuos. Todos dirán que la más bonita es aquella en que aparece la mujer con las pupilas levemente dilatadas. El varón ingenuo cree que la mujer lo mira con más interés cuando su pupila está levemente más dilatada y por eso la encuentra forzosa mente más hermosa, No puede hacer nada contra eso, está "cableado" así.

Hace mucho tiempo que las mujeres se han dado cuenta de esto. Las egipcias descubrieron que pintarse alrededor de los ojos les daba un aspecto de deseo, puesto que el deseo cambia la vascularidad de los párpados y el ojo levemente azulado significa que el impulso sexual se está despertando. El maquillaje que se pone alrededor de los ojos lo han tomado siempre de una planta que contiene alcaloides, la atropina. Esta es un anticolinérgico que paraliza el músculo orbicular del ojo y, por ello, la mujer que se maquilla los ojos y que se pone un ápice de atropina en el saco conjuntival tiene la pupila muy levemente dilatada y el hombre que la mire se va a imaginar, como los varones ingenuos de la fotografía, que esa mujer siente simpatía por él. ¿Y saben ustedes cómo se ha llamado la planta de donde se extrae la atropina? Bella Donna. Y es verdad que la mujer parece bella a aquel que cree ingenuamente en la verdad del lenguaje de los ojos, puesto que aún no ha descubierto que el orbicular puede ser paralizado por la atropina.

He tratado de hacer sentir que la fisiología, la farmacología, la informática son cosas profundamente familiares, y que utilizamos inconscientemente; eso es la maravilla de nuestra naturaleza. Pero este sistema no está a salvo de las panas. Por ejemplo, basta con dos o tres vasos de tequila para que el matemático más despierto se vuelva totalmente, incapaz de extraer una raíz cuadrada. Pero déjenlo dormir su borrachera y unas horas más tarde su desempeño será el de siempre. ¿Por qué? El alcohol interfiere con uno de los metabolismos que permiten fabricar en el momento deseado la cantidad de mediadores químicos necesarios en el trayecto de un enorme circuito, el circuito colinérgico. Los pintores también saben que la simpatía obliga primero a abrir desmesuradamente los ojos, para lo cual se emplea el músculo de Müller, siendo el único que, junto al dilatador del iris, es solamente simpático. Pero, al mismo tiempo, cuando se admira algo y se dilata la pupila en forma totalmente involuntaria, entra mucha luz en el ojo. Cuando se mira el rostro amado, el ojo termina por recibir demasiada luz y sobre su retina se dibuja un halo como en la placa de los astrónomos que miran una estrella demasiado luminosa para la calidad de la placa que utilizan. Los pintores siempre lo han hecho: si la cabeza venerada del santo está siempre rodeada de una aureola es que ellos han tratado de reproducir de manera extremadamente realista, y no simbólica como se cree, el hecho de que cuando se mira un rostro con una simpatía profunda, la retina está sobreexpuesta; se forma un halo a su alrededor. Los matemáticos pasan ininterrumpidamente del sistema adrenérgico al sistema colinérgico. Hagan el siguiente experimento: en una pieza no muy luminosa, pero en todo caso con una luminosidad constante, pidan a una persona que se dedique a la operación más aburrida que existe, el cálculo aritmético en voz alta. Escojan obviamente números difíciles en que haya muchos 7 y 9 y háganlo multiplicar cada uno de estos números por otro. Verán un fenómeno extraordinario. Cada vez que la persona diga "tres por cuatro", uno ve que las pupilas se contraen ligeramente porque el sistema colinérgico calcula, analiza, mide. Y cada vez que la persona diga "sumo" y se pone a buscar la cifra que ha guardado en la memoria para hacer la operación, ustedes verán que levanta ligeramente los párpados, dilata la pupila, utiliza el sistema simpático, el que reconoce y, por esta razón, es capaz de admirar. Los ojos son verdaderamente el espejo del alma. Es un dicho muy antiguo, es el título de muchos libros de la Edad Media. Los escoliastas eran mucho más filósofos de lo que se cree hoy. Habían descubierto que existía efectivamente una forma exclusiva de los hombres y, por supuesto, de las mujeres, de definir la manera en que se sienten las cosas y que cada uno de nosotros se siente inteligente por naturaleza porque ha recibido la naturaleza humana. Pero, desgraciadamente, el prototipo ideal no se realiza jamás por completo. Cada uno de nosotros lleva uno, dos, tres o cuatro errores más o menos graves en sitios diferentes; algunos son enfermedades, otros son simplemente rasgos de carácter, a veces difíciles de soportar. Es nuestra imperfección personal; pero existe una imperfección mucho más grave, que nos toca a todos y que es, justamente, la extraordinaria dificultad que tenemos para dominar al mismo tiempo esta enorme red que es la memoria de la vida y que llamamos el corazón y esta enorme máquina que nos da dominio sobre la vida y que llamamos la razón. Todos los filósofos lo han dicho, el corazón y la razón no siempre se llevan bien; esa es la falla en el origen, esa es la definición de la condición humana que es capaz, sólo en muy raras ocasiones, de oír su corazón y su razón a la vez, es decir, llegar a esa etapa, la gracia cuando utilizamos todas nuestras facultades al mismo tiempo para admirar. Eso se llama la contemplación, plegaria, amor, lleva todos los nombres de los hombres y que definen simplemente esa calidad superior que es la de nuestra especie. Jamás se ha visto a un chimpancé mirar una puesta de sol o contemplar el cielo estrellado. Jamás se ha visto a un perro, cuyo olfato es mucho más potente que el nuestro, interesarse por el perfume de una rosa; puede seguir una pista, por supuesto, y mucho mejor que nosotros, pero una pista útil, que huela a La presa, o la casa o a su amo, pero, ¿a una rosa? El hombre es el único ser sobre este; planeta que es capaz de admirar, es decir, de utilizar por un instante su corazón y al mismo tiempo su razón. Entonces, al magnificar solamente la razón, nuestra época, que está deslumbrada por sus propias proezas técnicas, corre el gran peligro de olvidar este otro lado de lo real, aquel donde viven los niños, los poetas, los enamorados, los místicos. Este otro lado de lo real sin el cual el hombre es tan sólo una máquina pensante, y no una red que razona. La razón también puede dejarse llevar y, en ese caso, es el corazón el que razona. No se las puede separar, la propia inteligencia no lo resistiría.